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Antes y después del ataque al Capitolio estadounidense el 6 de enero, Donald Trump usó Twitter para enardecer a sus seguidores. La compañía, con justificación, eliminó la cuenta de Twitter de Trump por su papel en ese episodio vergonzoso, pero durante años se hizo de la vista gorda ante un comportamiento similar.

Musk se suma a este guiso tóxico. Llamó “pedo guy” a alguien con quien se disgustó, hizo bromas sobre la anatomía de las mujeres y tuvo que borrar un mensaje antisindical dirigido a los trabajadores de su fábrica, todo en la plataforma que pronto será suya.

Hacer menos estricta la moderación del contenido, algo que Musk parece estar decidido a lograr, no hará que Twitter sea un lugar mejor: lo hará mucho más tóxico. Con el argumento de que más discurso es el mejor antídoto contra el discurso nocivo, es probable que los usuarios serios reciban ataques más frecuentes de trols y bots. (Espero que Musk hablara en serio cuando dijo que derrotará “a los bots de spam o moriría en el intento”).

Las usuarias de Twitter, en particular, deberían estar preocupadas en caso de que Musk lleve su aparente desdén por las mujeres a la empresa que está a punto de adquirir. Twitter ya es un espacio tóxico para las mujeres que usan la plataforma, particularmente las mujeres de color.

Y todo el mundo debería estar inquieto con la posibilidad de que Musk rehabilite a Trump, quien ha utilizado con destreza las redes sociales para difundir información errónea y peligrosa sobre la covid, para mofarse de sus enemigos y poner en duda la integridad de unas elecciones libres y justas. El lunes, Trump dijo que no volvería a Twitter ni aunque se le permitiera hacerlo, pensando en su nueva red social, Truth Social, pero, por supuesto, el expresidente ha incumplido muchas promesas.

Musk tiene razón en que Twitter se ha convertido en una plaza pública de facto. Pero veamos el caso de otra plaza pública dirigida por un multimillonario sin límites reales a su poder: Facebook. Las filtraciones en el último año revelaron que Meta, bajo el liderazgo de Mark Zuckerberg, ha ignorado la evidencia del daño emocional que los comentarios hirientes en las plataformas de la compañía causaron en los adolescentes y aumentaron la ansiedad y la ira de sus usuarios. La empresa sabe que sus algoritmos tienen fallas profundas pero, gracias a que Zuckerberg controla la mayoría de los votos en la junta directiva, la presión externa e interna para que la empresa modifique la forma en que están diseñados e implementados ha resultado inútil.

Quizás Jack Dorsey, uno de los cofundadores de Twitter y miembro de la junta directiva, debería haber confiado en su instinto cuando tuiteó que no cree que “ningún individuo o institución deba ser dueño de una red social o, más en general, de alguna empresa de medios”.





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